lunes, 24 de febrero de 2014

Silencios

A menudo las palabras son como losas, al pronunciarlas solemos arrastrar con ellas una parsimonia casi imperceptible, revelada solamente a aquellos finos oídos acostumbrados al más sepulcral silencio. Como si hablar nos provocase pereza, una especie de volátil cansancio que haciendo acopio de soporíferas rutinas (¿acaso alguna rutina puede ser divertida?) llegase a causarnos algo así como un nudo en la garganta, o si se prefiere, como si nos anudase la lengua en un vano intento de soportar mejor la soledad a la que la mayoría estamos destinados, o debería decir abocados.  Es cierto, no se me escapa el hecho de que hablar también puede llegar a ser agradable. Yo mismo he experimentado la sensación de estar disfrutando únicamente por decir cosas, con sentido o sin sentido, da igual, solo por decir uno puede remediar el alma unos instantes. El problema, diría yo, se halla en que, personalmente, nunca me ha interesado lo transitorio, busco lo eterno, lo que puede durar más allá de lo comprensible, lo que se extiende aun fuera de sus propios límites. Busco lo perenne en lo cotidiano, en la vulgaridad, en cada tramo de la más recóndita abstracción. Es por eso que no me interesa el lenguaje. 

Como no quiero omitir información, confieso que tardé nada más ni nada menos que diez años en pronunciar mi primera palabra. Antes de continuar, quiero reseñar por eso que en casa nunca oí la voz de nadie, ni tan siquiera el ladrido de un perro ni el zumbido de una mosca... Tanto mis padres como mis dos hermanos mayores, es cierto, hablaban ahí donde fuesen: en el supermercado, en la oficina, en la calle, en la escuela... pero jamás dijeron ni mu en casa. Esta circunstancia, seguramente sorprendente para casi cualquiera que la lea, la asumí pronto con absoluta naturalidad. Tendemos a imaginar que aquello a lo que nos acostumbramos terminamos acostumbrándonos debido a su carácter vital, cuando es al contrario, las cosas se tornan vitales porque nos acostumbramos a ellas, porque nos da miedo colisionar contra la ausencia, contra un horizonte baldío frente al que seguramente no sabríamos ni como nombrar: ¿Vacío? Fue una tarde otoñal, gris, como casi todas las tardes otoñales a las que aluden muchos poetas en sus poesías, quizás por eso hablé, porque intenté hacer un verso de tanta tristeza. Fue en casa de unos amigos de mis padres, íbamos a verles a menudo, al menos una vez al mes. Yo me quedaba jugando con su hija, dos años mayor que yo, en su cuarto, mientras ellos en el salón se reían y fumaban y de vez en cuando pegaban un grito. Clara, que es como se llamaba mi amiguita, siempre se esforzaba por hacerme hablar. Recuerdo perfectamente sus ojos, eran grandes y azules, tan serenos que parecía que en ellos cupiese entera la primera humanidad (la única que pecó de inocencia) Un día casi me hizo hasta reír, pero me contuve, me parecía que debía permanecer serio, que una carcajada podría ser el inicio de algo más. Por aquel entonces recuerdo que veía el mundo de otra forma, la geometría de las cosas era lo único importante para mí, lo único que a la postre podía aportarme algo... Me daba igual si una mesa era mesa o si en cambio era una caja de cartón lo suficientemente resistente  como para soportar el peso de un plato y un vaso. Para mí las letras eran líneas, mi abecedario lo constituían solo curvas y rectas. Aquella tarde fue diferente, ella se sentó conmigo al borde de la cama, traía un libro entre las manos, recuerdo perfectamente su título: "Edad prohibida", de Torcuato Luca de Tena. Me miró sonriendo, pero sonriendo de una manera como nunca antes lo había hecho. Esto seguramente pude percibirlo gracias a la especial atención que le prestaba yo entonces a las formas.... sus labios se curvaron menos de lo habitual y sus pupilas se dilataron un poco más que de costumbre... Yo también la miré, y estuvimos así un buen rato hasta que ella cogió mi mano y la puso sobre su mejilla. Parecía que nos comíamos el color de la piel. Dije muy bajito y despacio, cuando al fin el silencio arremetía contra mis entrañas y ya no hallaba forma de expresar lo que ocurría dentro de mí: C l a r a..., y luego otra vez, un poco más alto: C l a r a... Esto alteró el orden natural de los sucesos, que en vez de llevarme a pronunciar mamá me condujo directamente a decir el nombre de mi primer amor. Dije Clara, y la palabra sonó tan nítida y tan pura como el arrullo de las olas del mar.

Cuando llegamos a casa, la misma ley siguió su mismo curso. Yo no entendía porque no podíamos hablar, o quizás solo lo intuía, sin vislumbrar en el fondo el motivo exacto de aquel pacto un tanto tenebroso. Cenamos un poco de verdura, la que había sobrado del día anterior, pero tan si quiera al comer parecía que comiésemos, no emitíamos el menor sonido, engullíamos en un silencio tan límpido que hasta una Iglesia hubiese parecido un parque lleno de niños jugando a la pelota.


Hoy, con casi treinta años, me doy cuenta de que casi nada de lo que hice o pensé existió realmente, que no hubieron días felices ni días tristes, que el color rojo, por ejemplo, no es más rojo que el color amarillo. Por eso no hablábamos en casa, ahora lo comprendo, cuando he visto pasar de largo todas las cosas que parecían eternas. Todo cambia, todo. Y al final, siempre, indefectiblemente, todo desaparece. Aun y así, pese a lo que aprendí por mi cuenta y a lo que me enseñaron en casa, de vez en cuando me sorprendo a mí mismo diciendo en voz casi inaudible: Clara, dónde estarás ahora, Clara mía?

viernes, 31 de enero de 2014

Lo que tú entiendas

Las palabras a veces son parecidas a las figuritas de porcelana, apenas se escurren entre dos manos y se hacen mil pedazos; de esta manera la forma adquiere otra dimensión, se convierte en algo distinto.  Su sentido se curva y se transforma en lo opuesto a lo que originariamente quería (o podía) ser. No existe un significado incorruptible, todo tiende a la confusión, a un estado ambiguo sobre el que descansa el orden antes de ser arrojado al mundo... Es por este motivo que las personas no logramos comprendernos, que el diálogo es solo aquello que parece cuando dos seres hablan aunque no sepan muy bien sobre qué...   No espero, por tanto, ser yo inteligible, no espero que nadie extraiga ninguna conclusión de estas líneas, tal vez, la mejor de ellas sea la siguiente: "El lobo es una especie en extinción", o  quizás esta otra: "es en la cima ahí donde algunos héroes se atreven a llorar" El hombre inventó el lenguaje solo para poder decir que inventó una broma (tan inmensa y tan salvaje  que ya nadie puede dejar de creer en ella) ¿Podemos imaginar que el payaso no es payaso en su casa?, ¿no preferimos acaso creer que ese mundo farandulero y lleno de alegría es la vida en su esplendor? Por la noche el esoterismo envuelve a lo mundano, y lo mismo sucede entre el sinsentido y el lenguaje. Parecemos ebrios y en verdad queremos parecer sensatos, tan cuerdos que hasta creemos conveniente fingir algo de locura, soltar un: "mademoiselle, personnes et sommeil", luego sonreímos y estocamos la velada con una fuerte, estridente y en el fondo amarga risotada. No existe la tregua en esta manera de pensar... Doblegaremos el alma un poco, pera ya está, el alma no discurre, a lo sumo siente, esto es todo. Las palabras son como las bóvedas de las catedrales, tan solemnes y tan majestuosas que su ego se agiganta cuando alguien las oye o cuando al fin  logran colapsar las neuronas en su vano intento de ordenar el caos. Nada es tan sencillo, las máscaras, por ejemplo, no se ponen, es decir, se pueden poner, pero también se pueden colar, o pueden afrentarse, o pueden morir a la orilla del río, o todo a la vez. Hoy he soñado que alguien me entendía, pero en verdad era yo que hablaba para mis adentros, tan flojo y tan despacio que creí que iba a morirme.  


lunes, 6 de enero de 2014

Un día

Caen despacio, sin  conciencia, sin orden... Caen sin caer, sino más bien como aquel que desciende al abismo; sin quererlo, se inclinan si una corriente intenta pronunciarlas... y más tarde se escucha el sonido de la ausencia, de aquella fina gota de lluvia que rompe su agua contra el agua de un charco. Y la última noche ilumina la liturgia, la infinita depravación de una naturaleza desalmada, de un sueño tan hermoso que hasta parece que se diluya y que se esparza entre los resquicios de una nada inconquistable. Se esconden las sombras, o más bien huyen,  recelan del amargo sabor en que la noche las constriñe y se amparan entonces bajo la luz de un farol, ahí donde el mundo parece otro y donde los duendes, en forma de insectos que vuelan, traman la historia  de un nuevo universo. Se ven enanas las estrellas, o tal vez somos nosotros los que nos vemos tan pequeños, tan en medio de un espacio tan inmenso que en el fondo, un infierno, quizás no sea más que una hoguera apunto de extinguirse. Parece que hoy no hay nadie, que la lluvia haya deshecho a una humanidad de barro. Y es que aquí el hombre no es más que una mentira, una mera e insólita construcción, tan artificial e improbable como lo es un edificio, un zapato o incluso el reflejo de una moneda en un espejo milenario. Somos un recuerdo que se parece al olvido; no dejamos huella sino restos cósmicos, como antes que nosotros estuviésemos.  Se halla el hombre tan muerto como la mayoría de las cosas intrascendentes... Sigue la rutina, las mismas cosas continúan siendo de la misma manera, sin atisbo de un fraude que nos prometa algo más, ni de un fraude, ni de nada. Las mismas constelaciones adornan el mismo cielo el mismo día. ¿Acaso el tiempo existe? Caen despacio las últimas gotas de lluvia, pero no las vemos, estamos ciegos y sordos y mudos y apenas sentimos que un hilo nos moja la cara mientras se escurre sinuoso por nuestra pálida mejilla. O es la lluvia o es una lágrima que nunca sabremos que un día la lloramos. 

jueves, 26 de diciembre de 2013

Alguien

Hoy creo en mí porque no puedo creer en nada más, porque me doy cuenta de que las verdades no pueden permanecer escondidas o fingir que son otra cosa, algo distinto a lo que cualquiera, sin dudarlo, afirmaría que es una pura tautología. Creo en mí porqué soy vida, un cuerpo que existe y que, como otros cuerpos, a la noche, cuando todo está oscuro, cae a veces derrotado y se hunde en un estado de ánimo confuso y próximo a la desesperación. ¿Quién es ese, si no soy yo? Podría ser que fuese todos a la vez, que mis ansias no fueran más que las ansias de una humanidad que clama contra la injusticia, que por mis venas recorriese la sangre de mis ancestros y de mis descendientes... podría ser que mi identidad fuera tan maleable como una capa de oro bordada cuya inscripción anunciase mi siguiente metamorfosis. Y seguiría siendo yo, y mi universo empequeñecería si yo de repente decidiese convertirme en un gigante, y mi alma sería un caos tan terrible y tan hermoso que quizás tuviera que incendiarla, y la hoguera sería mi esencia, la última palabra pronunciada por mis cenicientos labios. Después todo seguiría igual, otra verdad miraría de anteponerse y de aliviar el dolor que la pereza diurna infunde sobre las cosas, y también sobre los hombres. El bochorno, el paisaje infinito, las chicharras... todo lamería lujuriosamente la inocencia del  que aun no sabe en qué creer, procurando, casi con toda probabilidad, destronar a su ímpetu y a su coraje, como si bastara con que la naturaleza se confabulase para marchitar la vida que aun tuviese que nacer. Hoy creo en mí porque cada pálpito que siento me recuerda la fragilidad de la que estoy hecho... Me doy cuenta de que solo soy alguien más en un mundo de "alguienes" anónimos que se preguntan lo mismo que yo. ¿Dónde? ante un mar de plata. El oleaje son finas láminas de vidrio que ascienden hacia el cielo, como si un espejo milenario de pronto se fuese alzando ante la nada. Uno ve ahí, por un instante, su rostro reflejado, absorta su mirada en un vacío insondable... y más tarde se descompone, sucumben las olas y con ellas todo lo demás. Soy un hombre abocado a disfrazarse y también dispuesto a trasquilar su piel en beneficio del decoro. Y tras la carne habrá ausencia, y silencio, y un rumor tan salvaje que ya nadie recordará lo que había antes, si era blanco o si era negro, o si mi piel era de un color tan extraño que ni siquiera parecía la de un hombre... Nadie sabrá como me llamo. Tal vez hasta yo lo olvidaré. La verdad debe ser simple, desnuda, esencial, tan lánguida que el soplo de un grillo lograse derribarla.


martes, 24 de septiembre de 2013

Horizontes contradictorios

Todo, menos uno que escribe, respiraba de una manera tan calmada, que casi llegué a olvidar que me hallaba muerto. Yo había fallecido hacía ya más de cien años, justo antes de que asesinaran a J.F. Kenedy. Mi muerte, como prácticamente todas, fue accidental además de estúpida. Un trago de salmorejo fue el culpable de mi pronta desaparición terrenal... Nos encontrábamos todos en el jardín, había invitado a mis amigos para celebrar que aun nos seguíamos viendo, que pese al tiempo transcurrido y algunas desgracias acaecidas que ahora no nos detendremos a relatar, permanecíamos tan unidos como al principio. Preparé un salmorejo de primero, desde hacía relativamente poco me había aficionado al arte culinario, y quería mostrarles mi obra, hacerles degustar lo que para mí era un plato exquisito digno del mejor restaurante de alta cocina. Lo cierto es que nada, mientras licuaba el tomate, presagiaba lo terribles que las siguientes horas iban a ser. El tiempo es caprichoso, no se detiene ni concede treguas, es como un agujero que lo absorbe todo sin distinciones... No importa lo que fue o lo que es, sino lo que inevitablemente vendrá. Eso es el tiempo, una eterna incerteza que nos impide saber aquello que seremos. Pienso que  los detalles la mayoría de las veces son innecesarios, por ello sólo diré que una miga de pan se me quedó atravesada en la garganta... Me llevaron al hospital y... bueno, lo demás os lo podéis imaginar. A mi funeral no acudieron demasiadas personas, tal vez por mi carácter en vida un poco terco, no lo sé, no me arrepiento de nada, pues al fin y al cabo así pude asegurarme que a él no asistiera nadie por mero compromiso. Ya sé que me alargo demasiado en cuestiones aparentemente menores y sin importancia, y quizás valga más la pena, pensaréis, que os explique que es lo que hay por aquí y en que consiste exactamente esto de estar muerto. Os diré que la muerte es un estado que se alza en un lugar terrible, oscuro y antitético, el error y la contradicción es la forma natural de todo lo aquí visible, que no es gran cosa, por cierto. La nada es la causa de todo el origen, la salvia que alimenta este enjambre de seres moribundos con ansias de retornar. Somos como bailarinas que el aire, tras un soplo de afrenta, viola sólo por ser bellas... La muerte nos arrebata el alma y nos vacía por dentro, ¿y luego? Ya regreso ya, retorno al hilo principal. Tal y como he comenzado relatando, el otro día temí sentir una vez más un pálpito que me llevase a la resurrección, como si de nuevo mis vísceras quisiesen interpelar a mi exánime cuerpo, como si mis venas otra vez quisieran sentir mi sangre recorrerlas, como si ya hubiese tenido bastante de aquel estado inerte, vegetativo, del que tanto os vengo hablando. No era yo, sino las demás cosas: las paredes, la cama, la mesa, el flexo, los libros, incluso la tenue luz que bate a veces la sombra de nuestros descarnados rostros... todo, sorprendentemente,  se contraía y agrandaba a un ritmo celestial, tan armonioso que incluso dudé estar soñando. ¡Si ya no sueño! - me dije- Sólo es otra idea, otro pensamiento que evoco para expulsar de mí lo que todavía ni existe -aunque  me pese...- Y después caí rendido. De golpe ahí se cernió una oscuridad más profunda de lo habitual... los sonidos provenientes de lejos llegaban como las olas que apenas llegan a encaramarse sobre la arena de la playa: lacerados, apenas perceptibles... Y como una madre que abandonase a su hijo, una espuma blanca permanecía un breve instante... 

lunes, 5 de agosto de 2013

¡No esperes!!

Permanecía quieto entre rarezas, absorto en diminutos pliegues que colgaban de un firmamento tan vasto como la memoria de toda la humanidad extendida una y otra vez sobre un círculo vicioso. No deseaba cambiar nada, de hecho, de nada se hallaba seguro, no quería cambiar la vida, sino esperar a que tal vez la vida le cambiase a él...

Algunas noches hacía demasiado frío como para persistir inmutable en aquel lugar tan tenue y aterrador... Del aire,  brotaban a menudo en mitad de la noche los aullidos de una mujer que padecía. Todo era como debía ser, ¿qué otro plan, para él, iba a esconder un sitio como ese?

En más de una ocasión escuchaba las voces de los otros, de aquellos que imaginan que tras el caos hay un cosmos resplandeciente, una solución a cada tramo de vida, a cada amargo resquicio de la tierra, como si el azar solo fuese digno de un mundo místico e ignorante... Él, en cambio, afirmaba que las causas no eran tales sino meras conjeturas que terminarían desvaneciéndose...

Un día, por casualidad, vio su rostro reflejado en el espejo del tiempo. Fue entonces cuando observó por vez primera, después de muchos años, su  ajado y marchito semblante. No quedaban sombras de aquella cara infantil, de  la inocencia de la primera mirada, de la incultura o de la idiotez... No quedaba nada del animal que fue en su origen. Sólo vio, y tiritando, a un hombre domesticado, a un ser encerrado en una jaula incapaz de pronunciar una palabra, a alguien enfrentado en un dilema contra su propio ser... Un soplo de aire frío acarició sus  tibias mejillas, aliviando así por un instante la incoherencia tan vasta que, súbitamente, terminaba de invadir a su razón.

La espera había sido infructuosa, un estado de inercia tan absurdo que lo único que lamentaba era no poder comenzar de nuevo...hallarse tan lejos del principio, tan arraigado a su conciencia, que ya nada ni nadie le permitía volver atrás.


martes, 9 de julio de 2013

Antes de nosotros

Incluso antes de que anocheciese, y de que la tarde terminase de caer, y de que la lluvia arreciase con más fuerza, incluso antes de que nadie hubiese nacido, lo mismo seguía ocurriendo por aquellos innombrables parajes. La vida era un enigma indescifrable, una extraña condición que nadie se llegaba a cuestionar. No había pensamientos, ni nada sobre lo que cupiese guardar esperanza alguna, la suerte era el destino... solo eso.  No había tiempo, y quizás tampoco espacio, el mundo era un caos del que solamente ahora se nos permite hablar. A veces, una flor nacía entre dos rocas, y aquello no era un milagro sino el origen de las demás cosas... De los pétalos de aquella flor nacieron los mares y las montañas, y de su corola brotaron las chispas que incendiaron la oscuridad. No estábamos entonces, cuando el rumor de las olas aun podía confundirse con el murmullo del viento, o cuando los mitos todavía esperaban, pacientemente, el momento en que  se harían cargo de ese estado de puro y tribal salvajismo... Faltaban solo los sentidos: la vista, el olfato, el oído... faltaban los nombres, los olores que emanaban de lo que aun no era ni pronunciable. Todo era lo mismo, la misma naturaleza, la misma alma.  Cada pálpito era una premonición, la sospecha de que pronto íbamos a aparecer nosotros, la sombra alargada que se escabulle porque se sabe culpable... Todo, inesperadamente, comenzó a ordenarse, a seguir un rumbo a la deriva por un mar en calma. Sonaban notas lejanas de un tiempo en que el rocío lamía sin tregua la tierra yerma sobre la que cada mañana solía bailar. Mitigamos el ansia de la incoherencia desbordando los límites de la razón hasta terminar al fin con la belleza. Ya no crecen flores entre dos rocas, o quizás es que no somos ya capaces de verlas, sí, más bien será eso, en realidad, para nuestro asombro, siguen naciendo de este modo... Aquel mundo se sigue extendiendo, como un universo ingobernable, por los resquicios más profundos de alguna estrella  en el firmamento.