Hoy creo en mí porque no
puedo creer en nada más, porque me doy cuenta de que las verdades no pueden
permanecer escondidas o fingir que son otra cosa, algo distinto a lo que
cualquiera, sin dudarlo, afirmaría que es una pura tautología. Creo en mí
porqué soy vida, un cuerpo que existe y que, como otros cuerpos, a la noche,
cuando todo está oscuro, cae a veces derrotado y se hunde en un estado de ánimo
confuso y próximo a la desesperación. ¿Quién es ese, si no soy yo? Podría ser
que fuese todos a la vez, que mis
ansias no fueran más que las ansias de una humanidad que clama contra la
injusticia, que por mis venas recorriese la sangre de mis ancestros y de mis
descendientes... podría ser que mi identidad fuera tan maleable como una capa
de oro bordada cuya inscripción anunciase mi siguiente metamorfosis. Y seguiría
siendo yo, y mi universo empequeñecería si yo de repente decidiese convertirme en
un gigante, y mi alma sería un caos tan terrible y tan hermoso que quizás
tuviera que incendiarla, y la hoguera sería mi esencia, la última palabra
pronunciada por mis cenicientos labios. Después todo seguiría igual, otra
verdad miraría de anteponerse y de aliviar el dolor que la pereza diurna
infunde sobre las cosas, y también sobre los hombres. El bochorno, el paisaje
infinito, las chicharras... todo lamería lujuriosamente la inocencia del que aun no sabe en qué creer, procurando, casi
con toda probabilidad, destronar a su ímpetu y a su coraje, como si bastara con
que la naturaleza se confabulase para marchitar la vida que aun tuviese que
nacer. Hoy creo en mí porque cada pálpito que siento me recuerda la fragilidad
de la que estoy hecho... Me doy cuenta de que solo soy alguien más en un mundo
de "alguienes" anónimos que
se preguntan lo mismo que yo. ¿Dónde? ante un mar de plata. El oleaje son finas
láminas de vidrio que ascienden hacia el cielo, como si un espejo milenario de
pronto se fuese alzando ante la nada. Uno ve ahí, por un instante, su rostro
reflejado, absorta su mirada en un vacío insondable... y más tarde se
descompone, sucumben las olas y con ellas todo lo demás. Soy un hombre abocado
a disfrazarse y también dispuesto a trasquilar su piel en beneficio del decoro.
Y tras la carne habrá ausencia, y silencio, y un rumor tan salvaje que ya nadie
recordará lo que había antes, si era blanco o si era negro, o si mi piel era de
un color tan extraño que ni siquiera parecía la de un hombre... Nadie
sabrá como me llamo. Tal vez hasta yo lo olvidaré. La verdad debe ser simple, desnuda,
esencial, tan lánguida que el soplo de un grillo lograse derribarla.
jueves, 26 de diciembre de 2013
martes, 24 de septiembre de 2013
Horizontes contradictorios
Todo, menos uno que escribe,
respiraba de una manera tan calmada, que casi llegué a olvidar que me hallaba
muerto. Yo había fallecido hacía ya más de cien años, justo antes de que
asesinaran a J.F. Kenedy. Mi muerte, como prácticamente todas, fue accidental
además de estúpida. Un trago de salmorejo fue el culpable de mi pronta
desaparición terrenal... Nos encontrábamos todos en el jardín, había invitado a
mis amigos para celebrar que aun nos seguíamos viendo, que pese al tiempo
transcurrido y algunas desgracias acaecidas que ahora no nos detendremos a
relatar, permanecíamos tan unidos como al principio. Preparé un salmorejo de
primero, desde hacía relativamente poco me había aficionado al arte culinario,
y quería mostrarles mi obra, hacerles degustar lo que para mí era un plato
exquisito digno del mejor restaurante de alta cocina. Lo cierto es que nada,
mientras licuaba el tomate, presagiaba lo terribles que las siguientes horas
iban a ser. El tiempo es caprichoso, no se detiene ni concede treguas, es como
un agujero que lo absorbe todo sin distinciones... No importa lo que fue o lo
que es, sino lo que inevitablemente vendrá. Eso es el tiempo, una eterna
incerteza que nos impide saber aquello que seremos. Pienso que los detalles la mayoría de las veces son
innecesarios, por ello sólo diré que una miga de pan se me quedó atravesada en
la garganta... Me llevaron al hospital y... bueno, lo demás os lo podéis
imaginar. A mi funeral no acudieron demasiadas personas, tal vez por mi
carácter en vida un poco terco, no lo sé, no me arrepiento de nada, pues al fin
y al cabo así pude asegurarme que a él no asistiera nadie por mero compromiso. Ya
sé que me alargo demasiado en cuestiones aparentemente menores y sin
importancia, y quizás valga más la pena, pensaréis, que os explique que es lo
que hay por aquí y en que consiste exactamente esto de estar muerto. Os diré
que la muerte es un estado que se alza en un lugar terrible, oscuro y
antitético, el error y la contradicción es la forma natural de todo lo aquí
visible, que no es gran cosa, por cierto. La nada es la causa de todo el
origen, la salvia que alimenta este enjambre de seres moribundos con ansias de
retornar. Somos como bailarinas que el aire, tras un soplo de afrenta, viola
sólo por ser bellas... La muerte nos arrebata el alma y nos vacía por dentro,
¿y luego? Ya regreso ya, retorno al hilo principal. Tal y como he comenzado
relatando, el otro día temí sentir una vez más un pálpito que me llevase a la
resurrección, como si de nuevo mis vísceras quisiesen interpelar a mi exánime
cuerpo, como si mis venas otra vez quisieran sentir mi sangre recorrerlas, como
si ya hubiese tenido bastante de aquel estado inerte, vegetativo, del que tanto
os vengo hablando. No era yo, sino las demás cosas: las paredes, la cama, la mesa,
el flexo, los libros, incluso la tenue luz que bate a veces la sombra de
nuestros descarnados rostros... todo, sorprendentemente, se contraía y agrandaba a un ritmo celestial,
tan armonioso que incluso dudé estar soñando. ¡Si ya no sueño! - me dije- Sólo
es otra idea, otro pensamiento que evoco para expulsar de mí lo que todavía ni
existe -aunque me pese...- Y después caí
rendido. De golpe ahí se cernió una oscuridad más profunda de lo habitual...
los sonidos provenientes de lejos llegaban como las olas que apenas llegan a
encaramarse sobre la arena de la playa: lacerados, apenas perceptibles... Y como
una madre que abandonase a su hijo, una espuma blanca permanecía un breve
instante...
lunes, 5 de agosto de 2013
¡No esperes!!
Permanecía quieto entre
rarezas, absorto en diminutos pliegues que colgaban de un firmamento tan vasto
como la memoria de toda la humanidad extendida una y otra vez sobre un círculo
vicioso. No deseaba cambiar nada, de hecho, de nada se hallaba seguro, no
quería cambiar la vida, sino esperar a que tal vez la vida le cambiase a él...
Algunas noches hacía
demasiado frío como para persistir inmutable en aquel lugar tan tenue y aterrador...
Del aire, brotaban a menudo en mitad de
la noche los aullidos de una mujer que padecía. Todo era como debía ser, ¿qué
otro plan, para él, iba a esconder un sitio como ese?
En más de una ocasión
escuchaba las voces de los otros, de
aquellos que imaginan que tras el caos hay un cosmos resplandeciente, una
solución a cada tramo de vida, a cada amargo resquicio de la tierra, como si el
azar solo fuese digno de un mundo místico e ignorante... Él, en cambio, afirmaba
que las causas no eran tales sino meras conjeturas que terminarían
desvaneciéndose...
Un día, por casualidad, vio
su rostro reflejado en el espejo del tiempo. Fue entonces cuando observó por vez
primera, después de muchos años, su ajado y marchito semblante. No quedaban
sombras de aquella cara infantil, de la
inocencia de la primera mirada, de la incultura o de la idiotez... No quedaba
nada del animal que fue en su origen. Sólo vio, y tiritando, a un hombre
domesticado, a un ser encerrado en una jaula incapaz de pronunciar una palabra,
a alguien enfrentado en un dilema contra su propio ser... Un soplo de aire frío
acarició sus tibias mejillas, aliviando
así por un instante la incoherencia tan vasta que, súbitamente, terminaba de
invadir a su razón.
La espera había sido
infructuosa, un estado de inercia tan absurdo que lo único que lamentaba era no
poder comenzar de nuevo...hallarse tan lejos del principio, tan arraigado a su conciencia,
que ya nada ni nadie le permitía volver atrás.
martes, 9 de julio de 2013
Antes de nosotros
Incluso antes de que
anocheciese, y de que la tarde terminase de caer, y de que la lluvia arreciase
con más fuerza, incluso antes de que nadie hubiese nacido, lo mismo seguía
ocurriendo por aquellos innombrables parajes. La vida era un enigma
indescifrable, una extraña condición que nadie se llegaba a cuestionar. No
había pensamientos, ni nada sobre lo que cupiese guardar esperanza alguna, la
suerte era el destino... solo eso. No
había tiempo, y quizás tampoco espacio, el mundo era un caos del que solamente
ahora se nos permite hablar. A veces, una flor nacía entre dos rocas, y aquello
no era un milagro sino el origen de las demás cosas... De los pétalos de
aquella flor nacieron los mares y las montañas, y de su corola brotaron las chispas
que incendiaron la oscuridad. No estábamos entonces, cuando el rumor de las
olas aun podía confundirse con el murmullo del viento, o cuando los mitos
todavía esperaban, pacientemente, el momento en que se harían cargo de ese estado de puro y tribal
salvajismo... Faltaban solo los sentidos: la vista, el olfato, el oído...
faltaban los nombres, los olores que emanaban de lo que aun no era ni
pronunciable. Todo era lo mismo, la misma naturaleza, la misma alma. Cada pálpito era una premonición, la sospecha
de que pronto íbamos a aparecer nosotros, la sombra alargada que se escabulle
porque se sabe culpable... Todo, inesperadamente, comenzó a ordenarse, a seguir
un rumbo a la deriva por un mar en calma. Sonaban notas lejanas de un tiempo en
que el rocío lamía sin tregua la tierra yerma sobre la que cada mañana solía
bailar. Mitigamos el ansia de la incoherencia desbordando los límites de la
razón hasta terminar al fin con la belleza. Ya no crecen flores entre dos
rocas, o quizás es que no somos ya capaces de verlas, sí, más bien será eso, en
realidad, para nuestro asombro, siguen naciendo de este modo... Aquel mundo se
sigue extendiendo, como un universo ingobernable, por los resquicios más
profundos de alguna estrella en el
firmamento.
viernes, 31 de mayo de 2013
Ansiada perfección
La vi varias veces desnuda
esconderse entre las blanquísimas nubes de aquel día estival... Alzaba la mirada
al cielo y la veía alegre, saltando sobre capas de algodón como una niña que no
tuviese nada por lo que preocuparse realmente. Solía reírse sola, pues sola
estaba, a tanta distancia del primer ser humno con el que podría entablar
conversación, que, sin apenas dudarlo, afirmaríamos que ahí la vida era
posible, una aspiración al alcance de cualquiera.
Yo estaba en el submundo de
su mundo, recostado sobre el tronco de una milenaria encina, en un lugar tan
irreconocible que parecía haberse hecho realidad al
mismo tiempo que un mago pronunciaba las palabras escritas de un libro en el que la belleza apenas podía
contenerse en sus letras. Contemplaba el lago, procurando transitar con
volubilidad por todos los recuerdos que acudían a mi cabeza, o a mi memoria, o
a donde sea que los recuerdos acudan. Era al atardecer, cuando los rayos de sol
comienzan a acoquinarse y desmerecen el brío con que horas antes inundaron la
pátina que recubre al mundo que habitamos, y cuando el tono de la vida muda con
sutileza, casi de manera imperceptible.
Aquella calma sobrecogedora terminaba
por aburrirme, era extraña la perfección que contemplaban mis ojos al mirar en
frente, al observar el alma añil de las cosas, al fin, de todo lo que se
inclinaba hacia mí, igual que en un sueño fastuoso donde algo nos revela que lo
soñado es fugaz; un instante atrofiado como una nota musical por la sordina.
Me bastaba, por tanto,
inclinar el cuello hacia arriba... Cada vez que lo inclinaba parecía que
sorbiese aquel majar de los Dioses llamado ambrosía. Ello no me amedrentaba, no
me importaba estar lejos del Olimpo, porque así al menos la veía, aunque
solamente la viese esconderse si se daba cuenta de que yo la miraba.
Alguna vez se dio la vuelta.
Su cuerpo, girado de aquella manera, parecía el escorzo de una Venus, sobre su
espalda refulgían como ópalos incandescentes los deseos que el calor de sus
mejillas ataviaba tan infantilmente. La hubiera besado, a pesar de la
distancia, tal vez un ínfimo roce de nuestros labios hubiese bastado para rendirme,
para al fin poder ahogar la incesante ansia de búsqueda de la perfección.
lunes, 27 de mayo de 2013
La vida no es sueño
Los sueños no deben cumplirse
sino soñarse... ¿Qué nos quedaría tras conquistarlos?, no podríamos desear,
seríamos meros autómatas cumpliendo con un fin aciago, como una raza que lo
único que persiguiese fuera materializar sus narcóticos ideales... ¿para qué?
Debemos aspirar a un poco
más, evitar confundir lo irreal con lo auténtico, intentar concentrarnos en lo
verdaderamente alcanzable, es decir, en
lo intrascendente, en la cara oculta de las cosas, en lo simple... ¡Ojalá pudiésemos
volar, como en aquel sueño donde extendiendo en horizontal y a ambos lados los
brazos y moviéndoles arriba y abajo igual que un pájaro cuando comienza a aletear,
surcamos el cielo y atravesamos las nubes... Vemos desde arriba pequeñita la
ciudad, las casas se ven diminutas... Nadie nos observa, en verdad nadie es
testigo de nuestra improbable proeza, ni siquiera nosotros mismos... Nuestra
conciencia se halla tan profundamente aletargada, que el recuerdo será vago,
difuminado por una espesa neblina surgida de la nada. Al despertar, añoraremos una
mentira, un retazo de nuestra inconsciencia, por tanto, un puñado de ficciones
confluyendo en un mismo punto, tan embelesador como trágicamente amargo.
La amargura vendrá de la
impotencia, de la desobediencia de la razón a los paradigmas cotidianos...
Seremos capaces de reconocernos, de vernos ahí, apacibles, rallando el cielo, y
entonces, nuestra razón no comprenderá que no lo intentemos, que no seamos
capaces otra vez de extender los brazos para sentir de nuevo la misma sensación...En
consecuencia, permaneceremos fijos, arrellanados en el sillón de casa, dubitativos,
tan temerosos como antes de acostarnos. Un prolijo recuerdo se acercará
lacónico a nosotros, nos veremos entonces imbuidos de una inexplicable
gallardía, y la querremos para siempre... Fue
un sueño, debería recordarnos una voz ausente...
El malestar de la razón es el
malestar del alma... la espada envainada en el campo de batalla. La vida se
vive al despertar, y se sueña para ser feliz, de otra manera no sería
comprensible que fuese por la noche cuando dormimos. Tras las fatigas diarias,
tras un día triste que pasamos cobijados en las golfas del olvido, vertemos tibieza
sobre el frío... una llama sobre el inmenso océano... Pero nada más, eso es
todo, no hay otra explicación.
Muchos querrán hallar un
significado en el sueño, un símbolo inequívoco de un camino a seguir... Es
cierto, todo significa algo. Lo extraño
sería que algo no significase nada, que alguna cosa pudiese ser sin querer decir nada, que la nada,
en el sentido más estricto de la palabra, fuera lo único pensable de tan extraña existencia. Bastaría responderles:
los sueños nos hacen más felices. Celebrémoslo. Soñemos siempre que alcanzamos
lo inalcanzable. Luego, al despertar, vivamos un poco.
martes, 7 de mayo de 2013
Inminente revolución
La calma estival arrasó con las notas más graves de aquella
espantosa primavera, plagada de lluvias y de días grises, llena de tristeza
como un pantano vacío...
Todo quedó en calma, en inusitada paz... Parecía que el mundo
hubiese comenzado justo aquellos días, que el alma de las sombras hubiese
despertado de un aletargamiento circunstancial.
Un vívido silencio coronaba la paradójica representación, en
eso consistía la nueva época, en un crujir ralentizado que no terminaba de
chirriar.
Blandían las calles los edificios, salpicados de pereza y de
desolación, pero no importaba, bastaba restregarse los ojos para tomar
auténtica conciencia de lo verdaderamente observable.
Las chicharras gobernaban los minutos, las horas y las
semanas, consagrando su canto a un Dios infernal, y relamían las ilusiones de
aquellas pocas personas que todavía se atrevían a soñar. Devastadoras de Aves Fénix, mataban sin quererlo.
A lo lejos, aunque no se sepa aun bien de qué, un lugar
resplandecía. Nadie osaba acercarse. El miedo paralizaba a hombres y a mujeres,
que no eran más que simples y ensombrecidos pegotes en un punto de paso...
Algunos niños jugaban sin ganas; seguramente probaban a ser
niños... Era triste observarles, adivinar en sus miradas la pereza que les
suponía correr detrás de la pelota. Las madres, sofocadas, musitaban algo al
primer desconocido que pasaba.
Y pese a todo, incluso pese a aquel calor asfixiante, había
motivos para sentirse esperanzado... Algo empezaba a cambiar.
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