Quiero contarte como me
siento, o incluso un poco más, quiero que sientas mi piel, que puedas, casi, hasta
ver lo que yo veo, y escuchar el silencio que a cada instante, que a cada
milésima de segundo que pasa, sacude a mi alma solitaria. Quiero que te
conviertas en mí, que puedas deslizar tus manos sobre el vacío y que su tacto, parecido
al de las alas de una colosal mariposa, te recuerde al sabor de mi aliento, al
perfume de una noche cuando, triste y tonto y apenas alumbrado por una luz que
ni existe , la miro lánguidamente tras el cristal. Y quiero que escribas lo que
yo escribo, y que los dos nos dejemos de ridiculeces; ¿aunque acaso no es todo
una espantosa ridiculez? Quiero que seamos la misma naturaleza, que cuando yo
mire a las estrellas tus ojos se inunden del color del cielo a la medianoche,
que es el color de mis pasos -o tal vez de los nuestros- cuando intento avanzar
y no avanzo. El mundo se hace muy pequeño, ¿no crees?, muy pequeño, tan pequeño
que a menudo sus versos chorrean por el borde. Después llueve mansamente, como
mansa es la poesía. ¡Estamos vivos!
martes, 4 de noviembre de 2014
viernes, 19 de septiembre de 2014
Con o sin cerebro
Juan se
levantaba cada día a las siete de la mañana para ir a trabajar. Llegaba a casa
a las ocho de la noche. Cenaba, miraba un poco la televisión y, cuando dos
bostezos se unían en un lapso de tiempo inferior a medio minuto, entonces se
iba a la cama a dormir. Un día de esos, fatigosos, en los que Juan pensaba que
el resto de su vida sería igual, sucedió, al llegar a su casa, algo realmente
extraordinario
Sentado en el
sofá de su salón, tan tranquilamente, se hallaba sentado un tipo enjuto que
fumaba un cigarro como si tal cosa.
- ¿Quién es
usted? - le preguntó Juan alarmado
- Lo primero,
buenas noches. Lo segundo, puedes tutearme. Lo tercero, la pregunta que quieres
formularme no es exactamente esa, vamos, prueba de nuevo, puedes hacerlo mucho
mejor.
Juan, entre incrédulo y despavorido, se sacó el móvil del bolsillo de su tejano y se dispuso a llamar a la policía
- Detente - le dijo el hombre misterioso
Y Juan se
detuvo, o más bien quedó paralizado.
- Te voy a
arrebatar los sesos, vamos, que te voy a idiotizar para el resto de tus días.
No te preocupes, no te haré daño, solamente será necesaria una pequeña incisión
en la parte del lóbulo occipital, pequeñísima, para tu tranquilidad. Imagínate,
¡qué manera de ridiculizar a Descartes! Con toda probabilidad seguirás
existiendo y en cambio, no podrás pensar. Serás historia viva, un hito para la
ciencia moderna.
Juan, muy
asustado, se frotó los ojos para ver si aquello
se trataba de un sueño, o más bien de una pesadilla, pero no, el tipo enjuto seguía
ahí, formando volutas de humo con el tabaco a la par que soltando, sin ton ni son, las más disparatadas incoherencias.
- ¡Le pido
que se vaya y que me deje tranquilo!
- De acuerdo,
no te haré esperar más. Túmbate sobre la mesa, por favor.
Juan, de
nuevo, como incitado por una voluntad ajena a la suya, obedeció y se tumbó en
la mesa. Nada de aquello tenía ningún sentido. El día había transcurrido como
cualquier otro. Tal vez en el trabajo se había pasado más rato de la cuenta leyendo
por internet la prensa deportiva, ¿pero acaso eso era un motivo de algo? No, aquello
no era ningún motivo racional de nada, aquello no podía trascender más allá de
lo estrictamente laboral. Pero en cambio, qué absurdo era todo, se encontraba
en casa, muerto de miedo y tumbado sobre la mesa de su salón a la espera de que
un desconocido le practicase una incisión en uno de sus lóbulos con el exclusivo fin de
idiotizarle y de ridiculizar a Descartes.
-¡Pero qué
locura tan loca! - pensó poéticamente para sus adentros
- Bueno
- dijo el hombre misterioso mientras se
ponía en pie. Vamos a proceder.
Se dirigió
entonces hacia Juan, que era incapaz de pronunciar una sola palabra, y se ubicó
justo por detrás de su cabeza.
- Nervioso,
imagino...
No corría el
aire, el calor era insoportable. Se escuchaba a un niño corretear y reír en el
piso de arriba, indiferente a la tragedia que apenas un metro y medio más abajo
estaba teniendo lugar
Aquel hombre, abyecto y con ínfulas de cirujano, sujetó con una mano la cabeza de Juan y con la otra
sacó de su bolsillo un escalpelo.
- Cuando diga
veinte ya habrá terminado todo, ¿de acuerdo?
Y así fue, al
contar veinte, Juan abrió los ojos y se bajó de la improvisada mesa de
operaciones. No había nadie ahí. En el sofá, en vez de aquel hombre sentado,
había, metido en un bote de formol, su cerebro, más grande de lo que él en
realidad habría imaginado nunca.
Sin prestarle
demasiada atención, Juan se dirigió a la cocina. Se hizo la cena, miró un poco
la televisión, bostezó dos veces en un lapso de tiempo inferior a medio
minuto y, acto seguido, cual autómata, se fue sin más a dormir. Al apagar la luz de su habitación se acordó de que al día siguiente no tendría que madrugar. Sería sábado y, según dijo el
hombre del tiempo, haría un sol de justicia.
miércoles, 14 de mayo de 2014
¡Un sueño!
Al mirar al horizonte parecía como si se pudiese caminar por
el cielo o como si se pudiese volar por el mar, los diferentes azules confluían
justo ahí, en un punto determinado y muy lejano de todo lo visible en un día
radiante con suficiente luz para iluminar toda la oscuridad del infinito. La
lontananza era una raya tan larga, tan inabarcable a primera vista, tan
trágicamente eterna, que le concedía ese aura de magnificencia que tal vez
solamente la luz crepuscular irradiada en el cielo de un bello, triste y
decadente atardecer podría parcialmente llegar a interponerse a su belleza,
justo como lo haría un diamante a
la juventud perecedera. No se oía más
que el rumor de las olas, al mar batiendo su cólera contra las rocas de un
acantilado. El resto era un silencio, un cautivador silencio que a uno le hechizaba
nada más escucharlo. Era un silencio que tenía que oírse. Cuando algo es
perfecto tiende a ser lo contrario de lo que su naturaleza le exige. Se oía,
pues, por cada rincón, por cada tramo que uno afinase el oído, aquel arpegio
maravilloso que sonaba como una música celestial tocada por el mayor virtuoso
entre los Dioses de los Dioses. El viento soplaba con fuerza, con tanto ahínco
que se veían volando, porque habían sido arrancadas, algunas copas de sus
árboles. Las farolas trazaban en el camino una temblorosa luz que al llegar a
la altura de los cedrales parecía que los lamiese en un acto de exacerbada
concupiscencia. Eran, también, perfectas las farolas, por eso iluminaban en un
día claro como aquel. La vida, reconcentrada en un puño, a punto de ser arrojada
y sumida al olvido, perdía poco a poco, lacónicamente, cada una de las realidades
que la conformaban. Las estrellas, las montañas, la sal de los cuerpos...Todo
se iba pareciendo cada vez más a un sueño embriagador, a una especie de locura soñada
por algún tipo de ser proveído de una sensibilidad especial. Nadie más podría
haber imaginado la sombra de una gaviota en forma de caballito de mar, lo
absurdo afloraba a cada paso, el sinsentido lo envolvía todo, dejando el
sentido al desnudo en medio de un erial tan salvaje que solo la pavesa de un
fuego apacible y renovador le hubiese salvado de convertirse en mera y pobre
tierra baldía, como así fue, como así dejo constancia que fue justo antes de
que un gallo cacarease al deslumbrarle el primer rayo de sol.
jueves, 8 de mayo de 2014
Nuevo mundo
El primer día las cosas y la vida dejaron de ser cosas y de
ser vida, perdieron sus contornos y sus formas así como cada una de las líneas
que las componían, de manera que ya no era posible distinguir nada. Las volutas
del humo parecían etéreas mariposas y los ceniceros turbios urinarios de un
antro cualquiera. Fue como si de pronto todas las cosas se desprendiesen de su
esencia, de aquello que, a la postre, las permitía seguir siendo algo. El nuevo
mundo, pues, comenzó así: desdibujándose todo lo que tanto al hombre le había
costado aprender. Lo sucedido fue una especie de regreso al origen, como si un
compás llevado por una mano invisible trazase en un instante una minúscula
circunferencia. Nadie se sorprendió, todo ocurrió con sorprendente naturalidad,
de la misma forma que amanece cada mañana o que los gallos cacarean con el
primer rayo del sol. En consecuencia, el lenguaje fue progresivamente
careciendo cada vez más de sentido, ya no era posible hablar en rigor de un
árbol o de un mero coche, pero es que pronto fue imposible hablar de
absolutamente nada. Todo tenía que volverse a inventar, la tierra se convirtió
en un planeta virgen en el que hasta un escarabajo, o mejor dicho, lo que anteriormente
se conocía como a un escarabajo, podía erigirse el amo del mundo. Nadie aquéllas
primeras horas se atrevió a emitir el más ínfimo de los sonidos.
Al segundo día brotaron de la tierra, en vez de plantas, las
llamas de un incendio terriblemente devastador, como si Dios, o quien fuese el
pirómano causante de aquel fuego terminal, desease acabar con los restos de
conciencia que todavía impregnaban algunos lugares del mundo. El alma, dicen,
es eterna, tal vez la mayor invención creada por el hombre, una patraña, la
excusa perfecta para contener el pecado mediante la promesa, tras la muerte, de
un doloroso castigo. Y qué absurdo es eso, ¡temer a lo que vendrá tras
convertirnos en nada! El vacío, eso es lo que vendrá, un infinito vacío que jamás veremos ni jamás podremos recordar. La
vida, en vez de extinguirse, en vez de palidecer y de abandonar ante la iniquidad
fraguada, se convirtió en algo distinto, porque la muerte ya no tuvo lugar. Las
llamas, lejos de calcinar al hombre, lo atravesaban sin más, igual que el león
cuando salta y pasa a través del aro en un circo. El calor se hizo
insoportable, el fuego lo abrasaba todo, pero en el fondo el tiempo seguía
pasando igual que antes, ausentes los minutos y los segundos del drama
escenificado, ¿se puede decir que algo ocurre si sucede al margen del tiempo?
Nunca antes se había visto algo parecido.
Al tercer día las personas despertaron de su letargo y
despavoridas salieron a la calle y empezaron a correr sin saber ni a donde ni
el porqué. Corrían seguramente por hacer algo, quizás por dar los primeros
pasos sobre el suelo de un nuevo mundo. Tenían aquellos hombres la oportunidad
de ser libres, eran ignorantes y eso les convertía en afortunados, podían hacer
lo primero que les pasase por la cabeza sin pensar en sus consecuencias. ¡Las
consecuencias todavía no existían!
La vida fue hermosa al cuarto día y también en los sucesivos
hasta que, al cabo, las cosas empezaron a cambiar. La libertad es un tesoro
envenenado que nos lleva a la esclavitud, ser libres y racionales nos condena a
la servidumbre, a la necesidad de hacer algo que no queremos por obtener algo
que no deseamos. La libertad es un impulso, nada más, y los impulsos los
detienen las leyes. Pronto empezaron a dictarse códigos de comportamiento y se
eligieron a ediles que guiaran al pueblo ahí donde fuese. Tememos el caos
porque el caos no es racional. Amamos tanto a nuestra inteligencia que, por complacerla,
somos capaces de arrojarnos al abismo.
Pasaron casi mil años y ya casi nadie recordaba aquel día en
que todo comenzó de nuevo, casi nadie sabía la historia de un incendio cuyas llamas
atravesaban a los hombres ni de un mundo en que las mariposas y los ceniceros
diluían sus líneas para convertirse en una misma cosa. Solamente algunos se
daban cuenta de lo que verdaderamente ocurría. De nuevo, volvían a caer en la
misma trampa, la vida se convertía otra vez en la misma miseria, en la misma
decadencia de la que ya provenía… No era
necesario reseñarlo. ¿Para qué? Hiciesen lo que hiciesen estaban perdidos. La
misma historia se repetiría una y otra vez.
jueves, 24 de abril de 2014
Canto a un USB
Tienes forma
de hombre pero eres un simple USB. Pese a tu forma de hombre no eres más que
eso, un simple y mero USB. Me pregunto si algún día podrás plantearte algo
parecido sobre mí, si llegará el día en el que tú u otros como tú os
cuestionéis sobre nuestra supuesta complejidad, y digo supuesta, perdona,
porque todavía no se ha demostrado que podamos ser mucho más que seres
pensantes que no atinan en pensar bien.
Pero volvamos
a hablar de ti, de ese color granate que, me consta perfectamente, paseas por
tantos y tantos puertos, de esos ojitos diminutos y cuadrados que sé muy bien
que no miran, que ni siquiera atisban, ¡pero si no son ni ojos! Probablemente detrás de ellos solo haya un
circuito incapaz de sentir la más vaga de las sensaciones. ¿Te voy a culpar por
ello?, no querido, no puedo menospreciarte por ser ajeno a tu vida, al fin y al
cabo, ¿no lo somos todos, ajenos a nuestras vidas?
¿Sabes?,
siempre me ha gustado la antropología, pienso a menudo en aquello que nos hace
distintos a unos hombres de otros, y todavía no sé lo que es, no acierto a determinar cuál es la razón que justifica
el eterno debate sobre la diversidad y otras pamplinas, permíteme que lo diga
así, de forma tan basta. En mi opinión
la naturaleza no es problemática, no encierra nada porque sencillamente es lo
que es, lo demás son conjeturas, explicaciones que sí, es cierto, podrán dar
cuenta de mucho, o tal vez de nada, ¿pero vale la pena seguir por ese camino?
Qué vas a
responderme tú, que no tienes ni boca... Por otro lado, eres capaz de almacenar y de disponer de
mucha más información que yo... Te confieso que apenas he sido capaz de
aprenderme a lo largo de la vida tres o cuatro poemas de poco más de veinte
versos. Mi memoria se desvanece cada mañana, cuando despierto y me doy cuenta que
ya no recuerdo ni quien era ayer. A vosotros, lo sé, no os pasa lo mismo,
estáis programados, no podéis ser menos de lo que simplemente sois, pero quizá
algún día las cosas cambien y os hagáis con el mando de la situación. Entonces
os compadeceré. Pensándolo bien, preferiría que fueseis vosotros quienes nos
gobernaseis, que fueses tú, concretamente, quien, en el más sepulcral de los
silencios decretases leyes y guiases al mundo a otro sitio, da igual, a
cualquier otro sitio distinto al que ahora nos dirigimos. Os cambiaría sin pensarlo por todos aquellos
que ostentan actualmente cargos de poder. El poder enturbia la razón, y por
suerte, tú, todavía no la posees.
A veces me
siento triste, pero supongo que, el que te diga esto, para ti, es lo mismo que
para mí cuando me dices que a veces te sientes 1, ¿qué sentido tiene que
hablemos? Tu lenguaje es distinto, desciende del mío, pero paradójicamente soy
incapaz de descifrarlo, me siento como un imbécil cuando tras concederme una
tarde de provechoso trabajo me doy cuenta que ni nos conocemos.
Te voy a
llamar César, ¿te gusta?, ya me lo dirás en un futuro, cuando en vez de
montañas y de mares tengamos infinitos pulsadores que camuflarán ingentes
circuitos de un mundo enteramente computarizado, cuando en vez de la corteza,
del manto y del núcleo de la tierra quepa hablar más bien de su sistema
operativo y de su última actualización. El mudo, créeme, será eso, el más
increíble ordenador que jamás el hombre haya conocido.
Te dejo ahí,
César, ¡qué ilusión me hace pronunciar tu nombre!, que sigas sosteniendo sobre
tu testa esa especie de cuadrado que tan bien te sienta, como si fuese un
sombrero a la última moda que impidiese que de tu cabezita se escapasen tus más
descabelladas ideas.
martes, 15 de abril de 2014
Un vistazo desde el alma
Me miras
sonriendo, eras un poco más joven, pero si te digo la verdad casi no has
cambiado nada. Continúas teniendo la misma mirada, tan clara que uno piensa que
nada malo pudiese salir de esos ojitos, de esas estrellas que tanto brillan
cuando te ríes.
Estás sentada
sobre una piedra abandonada entre arbustos. ¡Cuánta vegetación!, parece que
estés en el cielo de los bosques, esperando tal vez que algo ocurra, o aun
mejor, quizás no esperas nada, sonríes y eso es todo. Las cosas siempre
deberían ser así, tan simples como parecen. ¿No crees que no vale la pena
complicarse tanto cuando tenemos en nuestras manos hacerlo fácil?
Llevabas un
peinado distinto, casi no me acuerdo de cuando te hacías la raya en medio y te
caían esos dos mechones a cada lado de la cara; te concedían a la expresión un
aire juvenil, como de niña que todavía sabe que no es mujer y que aun puede
jugar con su expresión sin importarle los prejuicios ni la insensatez que nos
gobierna a menudo a los adultos. Creo que ese día hacía un poco de viento, pero
quizás me equivoco. Me fijo en alguno de tus cabellos y me da la sensación de
que están en otro sitio, como si el aire los hubiese recolocado ahí, tratando
seguramente de hacer brotar la
espontaneidad, de estrujar hasta la última gota de vida al instante.
Tienes las
piernas cruzadas, ¿Cómo es eso?, nunca te ha gustado estar con las piernas
cruzadas, siempre me has dicho que eso es lo peor, que no es bueno para las
rodillas, que es una posición incómoda y no sé cuantas cosas más. Para ti no
hay nada peor en el mundo que aquello sobre lo que en un momento determinado hablas
de manera subversiva. ¡Eres adorablemente exagerada!
Te quiero,
pero eso no tiene ningún mérito, créeme. Lo difícil, lo realmente encomiable,
sería no quererte, claro, si es que, como dicen, en lo imposible se encuentra
el mérito. Yo lo dudo, opino que la esperanza se halla en que un día podamos bucear
en lo trivial y sentir que hemos vencido nuestros miedos, en que no temamos gritar
bien alto que somos felices por tener poco, por no haber recorrido mundo, por
apenas tener un piso pequeñito donde sí cabemos nosotros pero en cambio, nuestros
recuerdos, como el excesivo aire en un globo, puede que casi derriben las
paredes. La esperanza, como te digo, se halla ahí, si a cambio, por supuesto,
aprendemos a valorar lo esencial, es decir, si comprendemos que el amor es lo
único que mueve al mundo, ¿no te parece?
Te sigo
mirando, no te creas que no. Te tengo justo enfrente. Tienes los brazos caídos,
en reposo, como si la gravedad los atrajese especialmente a ellos mientras el
resto permanece inmutable a cualquier ley. Tus manos parecen más lánguidas, y
también más blancas, de una fragilidad seguramente propia de la inexperiencia.
El tiempo nos hace más fuertes. Ahora que caigo, ¿no fue aquel el verano en que
te pusiste tan morena? no lo sé, los recuerdos se agolpan en mi cabeza y la
verdad es que, como bien sabes, nunca he sido capaz de distinguir nada en el
tiempo, para mí fue ayer cuando salté contigo en brazos un charco y nos caímos
los dos al suelo... ¿cuánto hará de aquello?
Veo también una botellita de
agua, creo que está vacía, a menudo llevas contigo una botella de agua. Siempre
me ofreces, me dices que es muy importante hidratarse, y yo, de primeras, te
contesto que no quiero, pero luego vuelves a preguntarme - ¿seguro?-, y yo
cedo, me das la botella y bebo uno o dos tragos. Reconozco que, aunque sea un tozudo y
me cueste admitirlo, tienes razón en muchas de las cosas que me dices. ¿Por qué
me gustará tanto llevarte la contraria?
No hace falta que siga
mirando a la fotografía, me la sé de memoria, además, te veo aunque no te mire.
Amor, podría verte aunque dejase de ser yo, aunque ahora mismo dejase de
respirar. Porque a los seres que se quieren, cielo, se les ve con el alma y no
con los ojos.
lunes, 14 de abril de 2014
Ni tiempo ni distancia
La distancia
no es un motivo por el que las cosas puedan llegar a cambiar realmente, ni tan
siquiera una excusa que pueda usarse ante la confusión que causa siempre lo
novedoso. En el fondo, la distancia no es nada, solamente un poco más de lo que
habitualmente nos separa, una grieta ensanchada que tiende algunas veces a
operar en nuestra memoria. Sin quererlo, entonces, recordamos, nos vemos
jóvenes cuando por error, distracción, o simple nostalgia ataviada con un manto
negro, de una tela extraña, rememoramos aquél que éramos una o dos semanas
atrás, apenas cuando la herida que nos hicimos mientras cortábamos una rebanada
de pan empezaba a cicatrizar. ¡Como si pudiésemos envejecer tanto en unos días!
!como si el climaterio pudiese llegar de repente y mermar de golpe todas
nuestras condiciones!... Parece mentira, pero algunos sienten que en unas horas
les resulta más difícil respirar el aire. Son ellos quienes se convierten en
siervos de su contradictoria insurrección, quienes son impulsados a la desidia,
quienes, a la postre, no pueden verlo todo como un continuo sino como un camino
eterno de infinitas rocas arrojadas al océano...¿Qué sentido tiene fragmentar
lo que no es más que una misma cosa?, ¿Por qué nos empeñamos en lo contrario si el contrario de lo contrario
es siempre la opción más simple? Creemos ver en lo irreversible la prueba
definitiva del paso del tiempo igual que vemos en la ausencia la última
evidencia de la distancia; que absurdo. ¿Acaso cuando en un día ventoso el
oleaje rompe con fuerza contra las rocas sobre las que se alza una valla que
separa dos fronteras, no escampa su espuma en todas direcciones? y en el fondo,
¿no somos lo mismo nosotros...? Si miro a mi derecha veo a través de la ventana
a las gaviotas, aquí forman parte del paisaje, son uves que vuelan en círculo.
Majestuosas, se inclinan y descienden un poco. Casi empiezo a distinguirlas,
puedo mirarlas durante largo tiempo, quedarme ahí, frente al cristal, embobado,
esperando a que no termine nunca el espectáculo... Rara vez aletean, quizás es
por eso que me fascinan, porque vuelan sin volar, como si llevasen dentro suyo
un motor que las sostuviera en el aire y también las propulsase. Los días son
hermosos, grises pero de una belleza inenarrable. La neblina desdibuja las
montañas, concediendo a la bahía el color del espejismo... parece, por las
mañanas, al despertar, que siga el mismo sueño de la noche. Todo permanece exánime (si lo exánime, claro,
puede permanecer), parecido a lo que esperaríamos encontrar si llegásemos al
interior de nuestro ser. Pero lo que digo son solo palabras, nada que tenga en
verdad algo que ver con lo que son las formas, las tonalidades, el olor, los
vestigios de un lugar, las palabras sirven para crear un universo pero no para
trasladarnos a él. Jamás podré andar por
Macondo.
Y aun así a veces pienso en ellos; sigo estando en el mismo sitio donde me vieron por última vez. No se puede morir sin morir de verdad... Yo les veo a menudo, y les hablo, les hablo igual que un loco hablaría a su sombra, pero yo no estoy loco, yo les hablo porque sé que me escuchan, que el alma de las cosas es lo que en verdad perdura, y que eso no se disipa ni tras la niebla ni tras la nada. Ruge el viento, tan fuerte que lo arrastra todo a su soplo, la ropa tendida de la casa de enfrente parece que corra despavorida intentando escapar de algo o de alguien. Yo sigo aquí, sentado en la silla de mi escritorio, aun un poco abochornado, absorto por la inconsistencia, por la fragilidad de cada pensamiento que pasa ahora por mi cabeza. Escribo, releo lo que escribo y me pregunto: ¿tiene algún sentido? qué más da, prefiero no responder a eso, seguir en la duda... de todas formas, mañana será el mismo día.
Y aun así a veces pienso en ellos; sigo estando en el mismo sitio donde me vieron por última vez. No se puede morir sin morir de verdad... Yo les veo a menudo, y les hablo, les hablo igual que un loco hablaría a su sombra, pero yo no estoy loco, yo les hablo porque sé que me escuchan, que el alma de las cosas es lo que en verdad perdura, y que eso no se disipa ni tras la niebla ni tras la nada. Ruge el viento, tan fuerte que lo arrastra todo a su soplo, la ropa tendida de la casa de enfrente parece que corra despavorida intentando escapar de algo o de alguien. Yo sigo aquí, sentado en la silla de mi escritorio, aun un poco abochornado, absorto por la inconsistencia, por la fragilidad de cada pensamiento que pasa ahora por mi cabeza. Escribo, releo lo que escribo y me pregunto: ¿tiene algún sentido? qué más da, prefiero no responder a eso, seguir en la duda... de todas formas, mañana será el mismo día.
martes, 18 de marzo de 2014
Retazos
Una sombra, una esperanza,
un agravio en mitad de la noche,
entre varios hombres
seguramente ausentes, tan vacíos
que el hueco se hizo infinito.
La verdad era otra cosa,
velada por un cristal opalino de color azul...
engañaba a sus sentidos,
a su inocencia, aun tierna,
blanda, casi frondosa.
Por su espalda se deslizaba la aurora,
pero no era la aurora,
era la noche en una noche de carnaval.
Se agrupan los sonidos, a veces
los sonidos tienden a agruparse,
a ser más así...
sonando al unísono,
flotando en el aire como flota la vida que es
invisible,
o la que es insensible, la que no respira,
la que se halla muerta,
desterrada.
Y entonces: ¡Ding, Dong!
Algo sucede... y en verdad, ¿sucede algo?
la magia es eso: un suspiro tras el último aliento
¡Ding, Dong!
Es de noche, hace frío...
y parece que pronto lloverá,
que las gotas de lluvia mojarán el suelo,
y seguramente tus pies.
Tú, que andas, sin saber donde,
que hablas sin saber de qué,
que vives: ¿realmente vives?
¡Ding Dong!
Podemos acariciarnos si lo quieres,
sentirnos presos de lo que dicen que es el deseo,
Podemos herir nuestras pieles, hacernos temblar...
Podemos abrasar nuestro instinto y
quemar nuestras labios y arder después,
como vástagos de un nuevo mundo.
Y si te arrepientes, te seguiré besando,
y te seguiré queriendo aun en un sueño medio roto,
y en el confín de mi recuerdo te seguiré amando.
Porque quien ama, ¿puede tal vez dejar de amar?
Y tras todo, se verá
la nada,
la soledad amarga,
desolada, triste, tan sola...
A un lado, la sombra, y al otro, quizás tú...
Vendrán otros tiempos:
La escarcha, la rabia, la
locura innenarrable que supone el tedio,
el tiempo inescrutable,
igual que tu mirada,
igual que unos versos que trizasen el papel,
como si la sangre del monstruo de Frankenstein no
fuese sangre,
sino tinta,
la tinta de un extraño poema.
Así te amo... sin compasión.
Creo que eso es todo,
que un incendio devora en este instante la misma noche,
que una nota de mimbre se escapa ahora de un viejo
laúd,
que tu alma me dice, bajito:
La poesía es una flor en una cueva,
tan extraña y tan ajena,
que quien la encuentra abandona, quizás,
para siempre.
lunes, 17 de marzo de 2014
Una felicidad perfecta
Ella jamás le
vio en persona, apenas recordaba su nombre pero en cambio estaba enamorada de
él... No podía asegurar por qué red se habían conocido, ni si le había dicho si
tenía treinta o treinta y cinco años. Sin embargo hablaban cada día, a diario
se comunicaban mediante una aplicación de mensajería instantánea y también se
veían por la cámara web. Pronto surgió entre ellos el idilio y las ganas de
celebrar una ciber boda por todo lo alto. Ella se imaginaba durmiendo a su
lado, recostada sobre su pecho... Le gustaba leer acerca de historias de amor tal y
como eran cien años atrás... ¡Qué tiempos! - pensaba- Añoraba un siglo en que
la vida era algo más que aquello, en que los cuerpos anhelaban estrecharse con
fuerza, apretarse impunemente provocando uno el dolor del otro. Ahora era
distinto. Su madre podía ser cualquiera, y ese hombre, el hombre al que amaba
con todo su instinto, al que le contestaba efusivamente con mensajes de amor -
en realidad, de lo que le habían enseñado que era el amor- , podía ser incluso
su hermano. Todo, por tanto, rebosaba de una normalidad supina, como si nada ni
nadie pudiese desterrar aquella lenta cadencia que impregnaba cada latido de
cada hombre recluido en su soledad. Junto a la fotografía que usaba en la
aplicación, donde debía indicar su estado, escribió un resumen de lo que creía
que era su vida: una felicidad perfecta.
lunes, 24 de febrero de 2014
Silencios
A menudo las palabras son
como losas, al pronunciarlas solemos arrastrar con ellas una parsimonia casi imperceptible,
revelada solamente a aquellos finos oídos acostumbrados al más sepulcral
silencio. Como si hablar nos provocase pereza, una especie de volátil cansancio
que haciendo acopio de soporíferas rutinas (¿acaso alguna rutina puede ser
divertida?) llegase a causarnos algo así como un nudo en la garganta, o si se
prefiere, como si nos anudase la lengua en un vano intento de soportar mejor la
soledad a la que la mayoría estamos destinados, o debería decir abocados.
Es cierto, no se me escapa el hecho de que hablar también puede llegar a ser agradable. Yo mismo he
experimentado la sensación de estar disfrutando únicamente por decir cosas, con
sentido o sin sentido, da igual, solo por decir
uno puede remediar el alma unos instantes. El problema, diría yo, se halla en
que, personalmente, nunca me ha interesado lo transitorio, busco lo eterno, lo que
puede durar más allá de lo comprensible, lo que se extiende aun fuera de sus
propios límites. Busco lo perenne en lo cotidiano, en la vulgaridad, en cada
tramo de la más recóndita abstracción. Es por eso que no me interesa el
lenguaje.
Como no quiero omitir
información, confieso que tardé nada más ni nada menos que diez años en pronunciar
mi primera palabra. Antes de continuar, quiero reseñar por eso que en casa nunca
oí la voz de nadie, ni tan siquiera el ladrido de un perro ni el zumbido de una
mosca... Tanto mis padres como mis dos hermanos mayores, es cierto, hablaban
ahí donde fuesen: en el supermercado, en la oficina, en la calle, en la escuela...
pero jamás dijeron ni mu en casa. Esta circunstancia, seguramente sorprendente
para casi cualquiera que la lea, la asumí pronto con absoluta naturalidad. Tendemos
a imaginar que aquello a lo que nos acostumbramos terminamos acostumbrándonos
debido a su carácter vital, cuando es al contrario, las cosas se tornan vitales
porque nos acostumbramos a ellas, porque nos da miedo colisionar contra la ausencia,
contra un horizonte baldío frente al que seguramente no sabríamos ni como
nombrar: ¿Vacío? Fue una tarde otoñal, gris, como casi todas las tardes otoñales
a las que aluden muchos poetas en sus poesías, quizás por eso hablé, porque
intenté hacer un verso de tanta tristeza. Fue en casa de unos amigos de mis
padres, íbamos a verles a menudo, al menos una vez al mes. Yo me quedaba
jugando con su hija, dos años mayor que yo, en su cuarto, mientras ellos en el
salón se reían y fumaban y de vez en cuando pegaban un grito. Clara, que es
como se llamaba mi amiguita, siempre se esforzaba por hacerme hablar. Recuerdo
perfectamente sus ojos, eran grandes y azules, tan serenos que parecía que en
ellos cupiese entera la primera humanidad (la única que pecó de inocencia) Un
día casi me hizo hasta reír, pero me contuve, me parecía que debía permanecer
serio, que una carcajada podría ser el inicio de algo más. Por aquel entonces
recuerdo que veía el mundo de otra forma, la geometría de las cosas era lo
único importante para mí, lo único que a la postre podía aportarme algo... Me
daba igual si una mesa era mesa o si en cambio era una caja de cartón lo
suficientemente resistente como para
soportar el peso de un plato y un vaso. Para mí las letras eran líneas, mi
abecedario lo constituían solo curvas y rectas. Aquella tarde fue diferente,
ella se sentó conmigo al borde de la cama, traía un libro entre las manos, recuerdo
perfectamente su título: "Edad
prohibida", de Torcuato Luca de Tena. Me miró sonriendo, pero
sonriendo de una manera como nunca antes lo había hecho. Esto seguramente pude
percibirlo gracias a la especial atención que le prestaba yo entonces a las
formas.... sus labios se curvaron menos de lo habitual y sus pupilas se
dilataron un poco más que de costumbre... Yo también la miré, y estuvimos así
un buen rato hasta que ella cogió mi mano y la puso sobre su mejilla. Parecía
que nos comíamos el color de la piel. Dije muy bajito y despacio, cuando al fin
el silencio arremetía contra mis entrañas y ya no hallaba forma de expresar lo
que ocurría dentro de mí: C l a r a..., y luego otra vez, un poco más alto: C l a r a...
Esto alteró el orden natural de los sucesos, que en vez de llevarme a
pronunciar mamá me condujo directamente a decir el nombre de mi primer amor. Dije
Clara, y la palabra sonó tan nítida y tan pura como el arrullo de las olas del
mar.
Cuando llegamos a casa, la
misma ley siguió su mismo curso. Yo no entendía porque no podíamos hablar, o
quizás solo lo intuía, sin vislumbrar en el fondo el motivo exacto de aquel
pacto un tanto tenebroso. Cenamos un poco de verdura, la que había sobrado del
día anterior, pero tan si quiera al comer parecía que comiésemos, no emitíamos
el menor sonido, engullíamos en un silencio tan límpido que hasta una Iglesia
hubiese parecido un parque lleno de niños jugando a la pelota.
Hoy, con casi treinta años,
me doy cuenta de que casi nada de lo que hice o pensé existió realmente, que no
hubieron días felices ni días tristes, que el color rojo, por ejemplo, no es
más rojo que el color amarillo. Por eso no hablábamos en casa, ahora lo
comprendo, cuando he visto pasar de largo todas las cosas que parecían eternas.
Todo cambia, todo. Y al final, siempre, indefectiblemente, todo desaparece. Aun
y así, pese a lo que aprendí por mi cuenta y a lo que me enseñaron en casa, de
vez en cuando me sorprendo a mí mismo diciendo en voz casi inaudible: Clara,
dónde estarás ahora, Clara mía?
viernes, 31 de enero de 2014
Lo que tú entiendas
Las palabras a veces son
parecidas a las figuritas de porcelana, apenas se escurren entre dos manos y se
hacen mil pedazos; de esta manera la forma adquiere otra dimensión, se
convierte en algo distinto. Su sentido
se curva y se transforma en lo opuesto a lo que originariamente quería (o
podía) ser. No existe un significado incorruptible, todo tiende a la confusión,
a un estado ambiguo sobre el que descansa el orden antes de ser arrojado al
mundo... Es por este motivo que las personas no logramos comprendernos, que el
diálogo es solo aquello que parece cuando dos seres hablan aunque no sepan muy
bien sobre qué... No espero, por tanto,
ser yo inteligible, no espero que nadie extraiga ninguna conclusión de estas
líneas, tal vez, la mejor de ellas sea la siguiente: "El lobo es una
especie en extinción", o quizás
esta otra: "es en la cima ahí donde algunos héroes se atreven a
llorar" El hombre inventó el lenguaje solo para poder decir que inventó
una broma (tan inmensa y tan salvaje que
ya nadie puede dejar de creer en ella) ¿Podemos imaginar que el payaso no es
payaso en su casa?, ¿no preferimos acaso creer que ese mundo farandulero y
lleno de alegría es la vida en su esplendor? Por la noche el esoterismo envuelve
a lo mundano, y lo mismo sucede entre el sinsentido y el lenguaje. Parecemos
ebrios y en verdad queremos parecer sensatos, tan cuerdos que hasta creemos
conveniente fingir algo de locura, soltar un: "mademoiselle, personnes et
sommeil", luego sonreímos y estocamos la velada con una fuerte, estridente
y en el fondo amarga risotada. No existe la tregua en esta manera de pensar...
Doblegaremos el alma un poco, pera ya está, el alma no discurre, a lo sumo
siente, esto es todo. Las palabras son como las bóvedas de las catedrales, tan
solemnes y tan majestuosas que su ego se agiganta cuando alguien las oye o
cuando al fin logran colapsar las
neuronas en su vano intento de ordenar el caos. Nada es tan sencillo, las
máscaras, por ejemplo, no se ponen, es decir, se pueden poner, pero también se
pueden colar, o pueden afrentarse, o pueden morir a la orilla del río, o todo a
la vez. Hoy he soñado que alguien me entendía, pero en verdad era yo que
hablaba para mis adentros, tan flojo y tan despacio que creí que iba a morirme.
lunes, 6 de enero de 2014
Un día
Caen despacio, sin conciencia, sin orden... Caen sin caer, sino
más bien como aquel que desciende al abismo; sin quererlo, se inclinan si una
corriente intenta pronunciarlas... y más tarde se escucha el sonido de la
ausencia, de aquella fina gota de lluvia que rompe su agua contra el agua de un
charco. Y la última noche ilumina la liturgia, la infinita depravación de una
naturaleza desalmada, de un sueño tan hermoso que hasta parece que se diluya y
que se esparza entre los resquicios de una nada inconquistable. Se esconden las
sombras, o más bien huyen, recelan del
amargo sabor en que la noche las constriñe y se amparan entonces bajo la luz de
un farol, ahí donde el mundo parece otro y donde los duendes, en forma de
insectos que vuelan, traman la historia
de un nuevo universo. Se ven enanas las estrellas, o tal vez somos
nosotros los que nos vemos tan pequeños, tan en medio de un espacio tan inmenso
que en el fondo, un infierno, quizás no sea más que una hoguera apunto de
extinguirse. Parece que hoy no hay nadie, que la lluvia haya deshecho a una
humanidad de barro. Y es que aquí el hombre no es más que una mentira, una mera
e insólita construcción, tan artificial e improbable como lo es un edificio, un
zapato o incluso el reflejo de una moneda en un espejo milenario. Somos un
recuerdo que se parece al olvido; no dejamos huella sino restos cósmicos, como
antes que nosotros estuviésemos. Se
halla el hombre tan muerto como la mayoría de las cosas intrascendentes... Sigue
la rutina, las mismas cosas continúan siendo de la misma manera, sin atisbo de
un fraude que nos prometa algo más, ni de un fraude, ni de nada. Las mismas
constelaciones adornan el mismo cielo el mismo día. ¿Acaso el tiempo existe? Caen
despacio las últimas gotas de lluvia, pero no las vemos, estamos ciegos y
sordos y mudos y apenas sentimos que un hilo nos moja la cara mientras se
escurre sinuoso por nuestra pálida mejilla. O es la lluvia o es una lágrima que
nunca sabremos que un día la lloramos.
jueves, 26 de diciembre de 2013
Alguien
Hoy creo en mí porque no
puedo creer en nada más, porque me doy cuenta de que las verdades no pueden
permanecer escondidas o fingir que son otra cosa, algo distinto a lo que
cualquiera, sin dudarlo, afirmaría que es una pura tautología. Creo en mí
porqué soy vida, un cuerpo que existe y que, como otros cuerpos, a la noche,
cuando todo está oscuro, cae a veces derrotado y se hunde en un estado de ánimo
confuso y próximo a la desesperación. ¿Quién es ese, si no soy yo? Podría ser
que fuese todos a la vez, que mis
ansias no fueran más que las ansias de una humanidad que clama contra la
injusticia, que por mis venas recorriese la sangre de mis ancestros y de mis
descendientes... podría ser que mi identidad fuera tan maleable como una capa
de oro bordada cuya inscripción anunciase mi siguiente metamorfosis. Y seguiría
siendo yo, y mi universo empequeñecería si yo de repente decidiese convertirme en
un gigante, y mi alma sería un caos tan terrible y tan hermoso que quizás
tuviera que incendiarla, y la hoguera sería mi esencia, la última palabra
pronunciada por mis cenicientos labios. Después todo seguiría igual, otra
verdad miraría de anteponerse y de aliviar el dolor que la pereza diurna
infunde sobre las cosas, y también sobre los hombres. El bochorno, el paisaje
infinito, las chicharras... todo lamería lujuriosamente la inocencia del que aun no sabe en qué creer, procurando, casi
con toda probabilidad, destronar a su ímpetu y a su coraje, como si bastara con
que la naturaleza se confabulase para marchitar la vida que aun tuviese que
nacer. Hoy creo en mí porque cada pálpito que siento me recuerda la fragilidad
de la que estoy hecho... Me doy cuenta de que solo soy alguien más en un mundo
de "alguienes" anónimos que
se preguntan lo mismo que yo. ¿Dónde? ante un mar de plata. El oleaje son finas
láminas de vidrio que ascienden hacia el cielo, como si un espejo milenario de
pronto se fuese alzando ante la nada. Uno ve ahí, por un instante, su rostro
reflejado, absorta su mirada en un vacío insondable... y más tarde se
descompone, sucumben las olas y con ellas todo lo demás. Soy un hombre abocado
a disfrazarse y también dispuesto a trasquilar su piel en beneficio del decoro.
Y tras la carne habrá ausencia, y silencio, y un rumor tan salvaje que ya nadie
recordará lo que había antes, si era blanco o si era negro, o si mi piel era de
un color tan extraño que ni siquiera parecía la de un hombre... Nadie
sabrá como me llamo. Tal vez hasta yo lo olvidaré. La verdad debe ser simple, desnuda,
esencial, tan lánguida que el soplo de un grillo lograse derribarla.
martes, 24 de septiembre de 2013
Horizontes contradictorios
Todo, menos uno que escribe,
respiraba de una manera tan calmada, que casi llegué a olvidar que me hallaba
muerto. Yo había fallecido hacía ya más de cien años, justo antes de que
asesinaran a J.F. Kenedy. Mi muerte, como prácticamente todas, fue accidental
además de estúpida. Un trago de salmorejo fue el culpable de mi pronta
desaparición terrenal... Nos encontrábamos todos en el jardín, había invitado a
mis amigos para celebrar que aun nos seguíamos viendo, que pese al tiempo
transcurrido y algunas desgracias acaecidas que ahora no nos detendremos a
relatar, permanecíamos tan unidos como al principio. Preparé un salmorejo de
primero, desde hacía relativamente poco me había aficionado al arte culinario,
y quería mostrarles mi obra, hacerles degustar lo que para mí era un plato
exquisito digno del mejor restaurante de alta cocina. Lo cierto es que nada,
mientras licuaba el tomate, presagiaba lo terribles que las siguientes horas
iban a ser. El tiempo es caprichoso, no se detiene ni concede treguas, es como
un agujero que lo absorbe todo sin distinciones... No importa lo que fue o lo
que es, sino lo que inevitablemente vendrá. Eso es el tiempo, una eterna
incerteza que nos impide saber aquello que seremos. Pienso que los detalles la mayoría de las veces son
innecesarios, por ello sólo diré que una miga de pan se me quedó atravesada en
la garganta... Me llevaron al hospital y... bueno, lo demás os lo podéis
imaginar. A mi funeral no acudieron demasiadas personas, tal vez por mi
carácter en vida un poco terco, no lo sé, no me arrepiento de nada, pues al fin
y al cabo así pude asegurarme que a él no asistiera nadie por mero compromiso. Ya
sé que me alargo demasiado en cuestiones aparentemente menores y sin
importancia, y quizás valga más la pena, pensaréis, que os explique que es lo
que hay por aquí y en que consiste exactamente esto de estar muerto. Os diré
que la muerte es un estado que se alza en un lugar terrible, oscuro y
antitético, el error y la contradicción es la forma natural de todo lo aquí
visible, que no es gran cosa, por cierto. La nada es la causa de todo el
origen, la salvia que alimenta este enjambre de seres moribundos con ansias de
retornar. Somos como bailarinas que el aire, tras un soplo de afrenta, viola
sólo por ser bellas... La muerte nos arrebata el alma y nos vacía por dentro,
¿y luego? Ya regreso ya, retorno al hilo principal. Tal y como he comenzado
relatando, el otro día temí sentir una vez más un pálpito que me llevase a la
resurrección, como si de nuevo mis vísceras quisiesen interpelar a mi exánime
cuerpo, como si mis venas otra vez quisieran sentir mi sangre recorrerlas, como
si ya hubiese tenido bastante de aquel estado inerte, vegetativo, del que tanto
os vengo hablando. No era yo, sino las demás cosas: las paredes, la cama, la mesa,
el flexo, los libros, incluso la tenue luz que bate a veces la sombra de
nuestros descarnados rostros... todo, sorprendentemente, se contraía y agrandaba a un ritmo celestial,
tan armonioso que incluso dudé estar soñando. ¡Si ya no sueño! - me dije- Sólo
es otra idea, otro pensamiento que evoco para expulsar de mí lo que todavía ni
existe -aunque me pese...- Y después caí
rendido. De golpe ahí se cernió una oscuridad más profunda de lo habitual...
los sonidos provenientes de lejos llegaban como las olas que apenas llegan a
encaramarse sobre la arena de la playa: lacerados, apenas perceptibles... Y como
una madre que abandonase a su hijo, una espuma blanca permanecía un breve
instante...
lunes, 5 de agosto de 2013
¡No esperes!!
Permanecía quieto entre
rarezas, absorto en diminutos pliegues que colgaban de un firmamento tan vasto
como la memoria de toda la humanidad extendida una y otra vez sobre un círculo
vicioso. No deseaba cambiar nada, de hecho, de nada se hallaba seguro, no
quería cambiar la vida, sino esperar a que tal vez la vida le cambiase a él...
Algunas noches hacía
demasiado frío como para persistir inmutable en aquel lugar tan tenue y aterrador...
Del aire, brotaban a menudo en mitad de
la noche los aullidos de una mujer que padecía. Todo era como debía ser, ¿qué
otro plan, para él, iba a esconder un sitio como ese?
En más de una ocasión
escuchaba las voces de los otros, de
aquellos que imaginan que tras el caos hay un cosmos resplandeciente, una
solución a cada tramo de vida, a cada amargo resquicio de la tierra, como si el
azar solo fuese digno de un mundo místico e ignorante... Él, en cambio, afirmaba
que las causas no eran tales sino meras conjeturas que terminarían
desvaneciéndose...
Un día, por casualidad, vio
su rostro reflejado en el espejo del tiempo. Fue entonces cuando observó por vez
primera, después de muchos años, su ajado y marchito semblante. No quedaban
sombras de aquella cara infantil, de la
inocencia de la primera mirada, de la incultura o de la idiotez... No quedaba
nada del animal que fue en su origen. Sólo vio, y tiritando, a un hombre
domesticado, a un ser encerrado en una jaula incapaz de pronunciar una palabra,
a alguien enfrentado en un dilema contra su propio ser... Un soplo de aire frío
acarició sus tibias mejillas, aliviando
así por un instante la incoherencia tan vasta que, súbitamente, terminaba de
invadir a su razón.
La espera había sido
infructuosa, un estado de inercia tan absurdo que lo único que lamentaba era no
poder comenzar de nuevo...hallarse tan lejos del principio, tan arraigado a su conciencia,
que ya nada ni nadie le permitía volver atrás.
martes, 9 de julio de 2013
Antes de nosotros
Incluso antes de que
anocheciese, y de que la tarde terminase de caer, y de que la lluvia arreciase
con más fuerza, incluso antes de que nadie hubiese nacido, lo mismo seguía
ocurriendo por aquellos innombrables parajes. La vida era un enigma
indescifrable, una extraña condición que nadie se llegaba a cuestionar. No
había pensamientos, ni nada sobre lo que cupiese guardar esperanza alguna, la
suerte era el destino... solo eso. No
había tiempo, y quizás tampoco espacio, el mundo era un caos del que solamente
ahora se nos permite hablar. A veces, una flor nacía entre dos rocas, y aquello
no era un milagro sino el origen de las demás cosas... De los pétalos de
aquella flor nacieron los mares y las montañas, y de su corola brotaron las chispas
que incendiaron la oscuridad. No estábamos entonces, cuando el rumor de las
olas aun podía confundirse con el murmullo del viento, o cuando los mitos
todavía esperaban, pacientemente, el momento en que se harían cargo de ese estado de puro y tribal
salvajismo... Faltaban solo los sentidos: la vista, el olfato, el oído...
faltaban los nombres, los olores que emanaban de lo que aun no era ni
pronunciable. Todo era lo mismo, la misma naturaleza, la misma alma. Cada pálpito era una premonición, la sospecha
de que pronto íbamos a aparecer nosotros, la sombra alargada que se escabulle
porque se sabe culpable... Todo, inesperadamente, comenzó a ordenarse, a seguir
un rumbo a la deriva por un mar en calma. Sonaban notas lejanas de un tiempo en
que el rocío lamía sin tregua la tierra yerma sobre la que cada mañana solía
bailar. Mitigamos el ansia de la incoherencia desbordando los límites de la
razón hasta terminar al fin con la belleza. Ya no crecen flores entre dos
rocas, o quizás es que no somos ya capaces de verlas, sí, más bien será eso, en
realidad, para nuestro asombro, siguen naciendo de este modo... Aquel mundo se
sigue extendiendo, como un universo ingobernable, por los resquicios más
profundos de alguna estrella en el
firmamento.
viernes, 31 de mayo de 2013
Ansiada perfección
La vi varias veces desnuda
esconderse entre las blanquísimas nubes de aquel día estival... Alzaba la mirada
al cielo y la veía alegre, saltando sobre capas de algodón como una niña que no
tuviese nada por lo que preocuparse realmente. Solía reírse sola, pues sola
estaba, a tanta distancia del primer ser humno con el que podría entablar
conversación, que, sin apenas dudarlo, afirmaríamos que ahí la vida era
posible, una aspiración al alcance de cualquiera.
Yo estaba en el submundo de
su mundo, recostado sobre el tronco de una milenaria encina, en un lugar tan
irreconocible que parecía haberse hecho realidad al
mismo tiempo que un mago pronunciaba las palabras escritas de un libro en el que la belleza apenas podía
contenerse en sus letras. Contemplaba el lago, procurando transitar con
volubilidad por todos los recuerdos que acudían a mi cabeza, o a mi memoria, o
a donde sea que los recuerdos acudan. Era al atardecer, cuando los rayos de sol
comienzan a acoquinarse y desmerecen el brío con que horas antes inundaron la
pátina que recubre al mundo que habitamos, y cuando el tono de la vida muda con
sutileza, casi de manera imperceptible.
Aquella calma sobrecogedora terminaba
por aburrirme, era extraña la perfección que contemplaban mis ojos al mirar en
frente, al observar el alma añil de las cosas, al fin, de todo lo que se
inclinaba hacia mí, igual que en un sueño fastuoso donde algo nos revela que lo
soñado es fugaz; un instante atrofiado como una nota musical por la sordina.
Me bastaba, por tanto,
inclinar el cuello hacia arriba... Cada vez que lo inclinaba parecía que
sorbiese aquel majar de los Dioses llamado ambrosía. Ello no me amedrentaba, no
me importaba estar lejos del Olimpo, porque así al menos la veía, aunque
solamente la viese esconderse si se daba cuenta de que yo la miraba.
Alguna vez se dio la vuelta.
Su cuerpo, girado de aquella manera, parecía el escorzo de una Venus, sobre su
espalda refulgían como ópalos incandescentes los deseos que el calor de sus
mejillas ataviaba tan infantilmente. La hubiera besado, a pesar de la
distancia, tal vez un ínfimo roce de nuestros labios hubiese bastado para rendirme,
para al fin poder ahogar la incesante ansia de búsqueda de la perfección.
lunes, 27 de mayo de 2013
La vida no es sueño
Los sueños no deben cumplirse
sino soñarse... ¿Qué nos quedaría tras conquistarlos?, no podríamos desear,
seríamos meros autómatas cumpliendo con un fin aciago, como una raza que lo
único que persiguiese fuera materializar sus narcóticos ideales... ¿para qué?
Debemos aspirar a un poco
más, evitar confundir lo irreal con lo auténtico, intentar concentrarnos en lo
verdaderamente alcanzable, es decir, en
lo intrascendente, en la cara oculta de las cosas, en lo simple... ¡Ojalá pudiésemos
volar, como en aquel sueño donde extendiendo en horizontal y a ambos lados los
brazos y moviéndoles arriba y abajo igual que un pájaro cuando comienza a aletear,
surcamos el cielo y atravesamos las nubes... Vemos desde arriba pequeñita la
ciudad, las casas se ven diminutas... Nadie nos observa, en verdad nadie es
testigo de nuestra improbable proeza, ni siquiera nosotros mismos... Nuestra
conciencia se halla tan profundamente aletargada, que el recuerdo será vago,
difuminado por una espesa neblina surgida de la nada. Al despertar, añoraremos una
mentira, un retazo de nuestra inconsciencia, por tanto, un puñado de ficciones
confluyendo en un mismo punto, tan embelesador como trágicamente amargo.
La amargura vendrá de la
impotencia, de la desobediencia de la razón a los paradigmas cotidianos...
Seremos capaces de reconocernos, de vernos ahí, apacibles, rallando el cielo, y
entonces, nuestra razón no comprenderá que no lo intentemos, que no seamos
capaces otra vez de extender los brazos para sentir de nuevo la misma sensación...En
consecuencia, permaneceremos fijos, arrellanados en el sillón de casa, dubitativos,
tan temerosos como antes de acostarnos. Un prolijo recuerdo se acercará
lacónico a nosotros, nos veremos entonces imbuidos de una inexplicable
gallardía, y la querremos para siempre... Fue
un sueño, debería recordarnos una voz ausente...
El malestar de la razón es el
malestar del alma... la espada envainada en el campo de batalla. La vida se
vive al despertar, y se sueña para ser feliz, de otra manera no sería
comprensible que fuese por la noche cuando dormimos. Tras las fatigas diarias,
tras un día triste que pasamos cobijados en las golfas del olvido, vertemos tibieza
sobre el frío... una llama sobre el inmenso océano... Pero nada más, eso es
todo, no hay otra explicación.
Muchos querrán hallar un
significado en el sueño, un símbolo inequívoco de un camino a seguir... Es
cierto, todo significa algo. Lo extraño
sería que algo no significase nada, que alguna cosa pudiese ser sin querer decir nada, que la nada,
en el sentido más estricto de la palabra, fuera lo único pensable de tan extraña existencia. Bastaría responderles:
los sueños nos hacen más felices. Celebrémoslo. Soñemos siempre que alcanzamos
lo inalcanzable. Luego, al despertar, vivamos un poco.
martes, 7 de mayo de 2013
Inminente revolución
La calma estival arrasó con las notas más graves de aquella
espantosa primavera, plagada de lluvias y de días grises, llena de tristeza
como un pantano vacío...
Todo quedó en calma, en inusitada paz... Parecía que el mundo
hubiese comenzado justo aquellos días, que el alma de las sombras hubiese
despertado de un aletargamiento circunstancial.
Un vívido silencio coronaba la paradójica representación, en
eso consistía la nueva época, en un crujir ralentizado que no terminaba de
chirriar.
Blandían las calles los edificios, salpicados de pereza y de
desolación, pero no importaba, bastaba restregarse los ojos para tomar
auténtica conciencia de lo verdaderamente observable.
Las chicharras gobernaban los minutos, las horas y las
semanas, consagrando su canto a un Dios infernal, y relamían las ilusiones de
aquellas pocas personas que todavía se atrevían a soñar. Devastadoras de Aves Fénix, mataban sin quererlo.
A lo lejos, aunque no se sepa aun bien de qué, un lugar
resplandecía. Nadie osaba acercarse. El miedo paralizaba a hombres y a mujeres,
que no eran más que simples y ensombrecidos pegotes en un punto de paso...
Algunos niños jugaban sin ganas; seguramente probaban a ser
niños... Era triste observarles, adivinar en sus miradas la pereza que les
suponía correr detrás de la pelota. Las madres, sofocadas, musitaban algo al
primer desconocido que pasaba.
Y pese a todo, incluso pese a aquel calor asfixiante, había
motivos para sentirse esperanzado... Algo empezaba a cambiar.
jueves, 11 de abril de 2013
¡Actúa!
El ciclomotor echó a volar cual gaviota que de pronto decide
ir a pie por el monte. Desplegó sus alas y alzó el vuelo... Ni la espesura de
la noche, ni el frío del invierno, amansaron sus ansias... Las estrellas eran
como luces restregadas por una especie de criatura mitológica. Sonaban las
campanas, sus tañidos golpeaban contra la calma inmersa en los arrabales... Y
él lo veía, observaba, desde la altura, a sus viejos compañeros, todavía a
aquellos pequeños ciclomotores que no habían aprendido a volar. Se apiadaba del
servilismo del que él antes también pecaba, de la soledad que padecían sus
camaradas, ahí, abandonados en la calle, tal vez ajenos a la realidad que
forzosamente les constreñía. Y desde la tierra, cualquiera que mirase al cielo,
vería un cuerpo "desmundado", una cosa apartada... Un misterio
desterrado que lograba pertenecer desde la nada. Como quien muere en vida, pero
al revés. A cada instante, quedaba fascinado y sonreía. Parecía que ocultase un
dolor inmenso. Recordaba, remotamente, las carreteras, igual que un eco muy lejano y
apenas perceptible. El asfalto era distinto. Los callejones, que tantas veces había
recorrido hasta ayer, eran diferentes, como aparecidos por arte de magia tras
inspirarse un brujo en su imprecisa memoria; lugares
extraños y destartalados. Míseros retazos de una verdad reinventada. Después
quiso recorrer la luna y los demás planetas, orbitar por la galaxia como una
nave sin rumbo en medio del infinito... Posiblemente fue un suicidio
premeditado; y aun y así no le importó. Dejó una examine estela. Un vago
recuerdo unido para siempre a una noche inconcebible.
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